Metas fiscales: factibles pero exigentes

Desde el retorno de la democracia, las cuentas de las Administraciones Públicas tuvieron tres períodos de reducción del déficit fiscal. El primero, durante la gestión de Felipe González, entre 1985 y 1987, cuando España acababa de ingresar en la UE (entonces, CEE). El segundo ocurrió al inicio del gobierno de Aznar, entre 1995 y 1999, cuando estaba en juego la posibilidad de entrar en el euro desde el comienzo. El último, que aún no concluyó, se inicia con la llegada de Mariano Rajoy a La Moncloa.

Comparando los datos, se observa que el actual proceso de reducción del déficit público es más lento que los anteriores. Entre 1985 y 1987, el desequilibrio fiscal cayó desde el equivalente a 6,4% del PIB a 2,9%. Una caída total de 3,5 puntos porcentuales (p.p.) en solo dos años. Entre 1995 y 1999, la reducción del déficit fiscal fue proporcionalmente similar: 6 p.p., desde 7,4% hasta 1,4%.

En cambio, entre 2011 y 2015, el desequilibrio del conjunto de AA.PP. pasó de 9% a 5%. Solo 4 p.p. en la misma cantidad de años. Esto puede resultar llamativo si se tienen en cuenta las subidas de impuestos y las protestas por los “recortes”, mucho más marcadas ahora que en los dos procesos anteriores de reducción del déficit.

Esa aparente paradoja se explica por la evolución del PIB. Entre 1985 y 1987, debido a la alta inflación, el PIB nominal (es decir, medido en millones de euros) aumentó un 28%. Así, solo mantener el déficit constante en euros permitía su reducción como proporción del PIB. Un 40% de la caída del déficit fiscal en ese período se explica por el aumento del PIB nominal.

Entre 1995 y 1999 coincidieron un crecimiento vigoroso (3,8% de media anual) y una inflación moderada, por lo que a lo largo de esos cuatro años el PIB nominal se expandió un 29%. Eso explica casi un tercio de la disminución del déficit fiscal como porcentaje del PIB.

El caso fue totalmente distinto entre 2011 y 2015. Debido a la contracción del PIB en 2012 y 2013, y a la inflación nula en 2014 y 2015, el PIB nominal de 2015 fue prácticamente igual que el de 2011. A diferencia de los dos procesos anteriores, toda la caída del déficit fiscal entre 2011 y 2015 se explica por su reducción efectiva. Es la primera vez que el desequilibrio fiscal disminuye sin la ayuda de un PIB nominal en aumento. Téngase en cuenta que el crecimiento nominal contribuye al recorte del déficit por dos vías: aumenta el denominador (se divide por un número más grande) e incrementa los recursos fiscales.

El contexto económico está cambiando. En 2016, la inflación (deflactor del PIB), aunque muy baja, será la más alta desde 2008. Eso coincidirá con un crecimiento del PIB de alrededor del 3% y contribuirá a cumplir el objetivo para este año. Para 2017 y 2018 prevemos un menor crecimiento, pero el aumento de la inflación permitirá que el crecimiento nominal se mantenga casi en el 4% anual. Luego de siete años, la reducción del déficit fiscal está volviendo a contar con la ayuda de un PIB nominal en aumento. Con “solo” mantener constante el gasto público, el déficit fiscal podría reducirse en algo más de 1 p.p. en cada uno de los dos próximos años.

Lo anterior no implica que el cumplimiento de los objetivos de déficit para 2017 y 2018 sea fácil. Aunque factibles, son metas exigentes. Por ejemplo, el gasto en pensiones seguirá en aumento (aunque a un ritmo menor gracias a las reformas aprobadas) y las prestaciones por desempleo ya no caerán tan deprisa, cosas que tendrán que compensarse con reducciones de otros gastos y/u otras fuentes de ingresos. Lo peor que podría pasar en este escenario tan ajustado es que los tipos de interés suban más rápido que lo esperado.

Publicado en OK diario el 07-11-2016