El inútil esfuerzo de Mario Draghi

Imaginemos que la economía europea es un velero. La política monetaria ultraexpansiva del Banco Central Europeo (BCE) es un fuerte viento. Sin embargo, el velero avanza lentamente. ¿Por qué? Porque no ha desplegado las velas. Por eso es necesario tanto viento para un avance tan pobre.

En ese juego llevamos prácticamente desde que Mario Draghi asumió la presidencia del BCE, en noviembre de 2011. Desde entonces hemos tenido ocho reducciones del tipo de interés de referencia (desde 1,5% a 0%), ocho subastas de liquidez para alentar el crédito bancario al sector privado y un programa de compra de bonos (“expansión cuantitativa”) que ha sido ampliado en dos oportunidades. Desde junio de 2014, los bancos de la Eurozona tienen que pagar al BCE por tener depósitos. Además, se acaban de anunciar cuatro nuevas rondas de financiación en las cuales los bancos pueden llegar a cobrar al BCE por pedirle dinero.

¿Funcionarán estas medidas? Lo más probable es que tengan un resultado similar al de las anteriores: empujarán un poco más al “velero”, pero mientras la tripulación del mismo se niegue a desplegar las velas será imposible aprovechar toda la fuerza del viento.

¿Qué significa “desplegar las velas”? Poner en marcha las reformas estructurales que permitan aumentar el crecimiento potencial de la economía. Más claramente, las reformas son mejoras que pueden introducirse en las normas que regulan el funcionamiento de la economía para estimular la inversión, la creación de empleo y la productividad. Es la vieja idea de “mejora continua” que llevan a cabo las empresas competitivas aplicada al sector público.

Por más crédito barato que se ofrezca, si no hay oportunidades de inversión rentable tampoco habrá interesados en esa financiación. Si la expectativa en las empresas es de nuevos impuestos y regulaciones, también será difícil que se lancen a invertir. Sumemos a eso los riesgos que presenta la economía mundial (desaceleración en China, crisis en varios países emergentes, etc.) y entonces no podremos sorprendernos si la economía europea no acaba de despegar pese al enorme estímulo monetario.

En cada país de la Eurozona las reformas que se necesitan y su magnitud son diferentes. Unos países han hecho más y otros menos. España es de los primeros. En los últimos cuatro años se aprobó la Ley de Estabilidad Presupuestaria para evitar el descontrol fiscal de los primeros años de la crisis y se reformó por completo el sistema financiero (desaparecieron las cajas, se creó la SAREB y se fortalecieron los balances). Además, se reformó la legislación laboral, se aprobó la Ley de Desindexación, se creó la AIREF, se privatizó (parcialmente) AENA, se actualizó la legislación concursal para familias y empresas, gradualmente se van modificando miles de normas para adaptarlas a la Ley de Unidad de Mercado y un largo etcétera.

La diferencia en las reformas realizadas por unos y otros es lo que explica por qué unos países crecen más y otros menos pese a que la política monetaria es la misma para los 19 países que comparten el euro. Irlanda ha sido capaz de crecer un 6,9% en 2015, pese al contexto de crecimiento mediocre (1,6% en el conjunto del área). España fue el cuarto país que más creció, con una expansión (3,2%) que duplicó la de la Eurozona. Al mismo tiempo, Alemania lo hizo un 1,7%, Francia un 1,1%, Italia un 0,8% y Grecia un 0%.

No podemos hacer nada por aquellos países que se niegan a reformar sus economías. Pero si hacer reformas, como muestran los datos, “paga buenos dividendos”, podemos pedir a nuestros dirigentes políticos que, como mínimo, no estropeen lo que ha funcionado bien deshaciendo reformas que son ejemplo para otros. Puestos a pedir, que sean ambiciosos con las reformas que faltan. Y que recuerden las palabras de Séneca: “no hay viento favorable para el barco que no sabe a dónde va”.

 

Publicado en El Comercio el 18-03-2016